Viajes exóticos de Semana Santa.
Viaje número 1: norte de Africa. Miss Webster and Chérif, Patricia Duncker, 2006
Una profesora retirada, de casi setenta años, dogmática y de lengua viperina. Su expresión favorita es "Piss off" (a ratos, también es la mía). Su propia mala leche la somete a mucho stress. Hasta un día que se queda en estado semi-comatoso en su sofá, delante del televisor (no es de extrañar, no, para nada). Tras su recuperación, el médico le aconseja viajar lejos, lo más lejos que pueda, a un país en el que no se hable el inglés (estas prescripciones médicas tan originales sólo se dan en las novelas. En la vida real, Xanax y a casa a seguir viendo la televisión). Miss Webster viaja al norte de Africa, ve los desiertos, regresa al pequeño (de tamaño y de mentalidad) pueblo donde vive y a las tres semanas alguien llama a su puerta.
A partir de ahí, la historia es tan rocambolesca pero tan creíble, tan conmovedora pero tan rídicula que a una le dan ganas de mandarle una carta a Patricia Duncker (y sería la segunda carta que esta lectora le manda a Patricia Duncker) para decirle: "Dí que sí". Y sí. El final tiene truco y, como el resto de la novela, es rocambolesco, creíble, conmovedor y ridículo. Pero dí que sí, Patricia Duncker. Dí que sí.
Viaje número 2: Egipto. Egipto, Manuel Pérez Subirana, 2005
He leído esta novela à la Miss Webster: sentada a lo indio en el sofá, delante del televisor con el volumen a 0. Digamos que la novela empieza como tienen que empezar las buenas novelas: protagonista con talento desestimado, trabajo muy por debajo de sus posibilidades (elección personal), viajes en metro que sacan a la luz lo terrible que es la vida cuando uno tiene que levantarse a las seis para acudir a un trabajo bazofia. Y lo fea que es la gente en el metro a las seis de la mañana (punto muy importante). Me gusta bastante que la primera parte tome la forma de un diario personal, aunque a punto estuve de mandarle una carta a Manuel Pérez Subirana (y sería la primera carta que esta lectora le escribe a Manuel Pérez Subirana) para decirle que el formato diario a lo largo de toda la novela no se sostendría. No hizo falta. Mi carta no-escrita parece que llegó a tiempo y me soprendí al descubrir que la segunda parte estaba escrita en formato novela, con una voz más poderosa y menos dubitativa, alejada de la quejumbre que dominaba el diario.
La distancia adecuada es un lugar complicado de encontrar. El protagonista de Egipto lo va descubriendo poco a poco y es este un buen descubrimiento para él y para su novela: nada como el sentido del humor para demostrar clarividencia sobre nuestras propias miserias. Esto es clarividencia: "en la barra de un bar las penas dejan de ser penas para convertirse en la escenificación de una pena. Y una pena teatralizada no es verdaderamente una pena, pues el dolor auténtico es inmune a los procesos estéticos. Nadie que esté realmente en las últimas será visto en la barra de un bar, y es que el que de verdad lo está pasando mal no tiene ánimos de ir por ahí teatralizando su sufrimiento" (104-105). Mucho que aprender de este pensamiento que parece escrito al vuelo. Pero no.
Con la miseria de este buen hombre, Roberto Brest, me he reído bastante, porque él me lo ha permitido. El descubrimiento de que el bar de la calle Doctor Dou no se llama El Barral en honor al editor barcelonés, sino El Raval en honor al barrio le sume en una extraña melancolía al tiempo que él mismo advierte que esta es una tragedia como de cómic. Toda tragedia tiene algo como de cómic. Sobretodo la que le pasa al prójimo. Este humor un tanto surrealista y pasado de vueltas conecta con esta lectora. "Dí que sí," Manuel Pérez Subirana. Distancia = ironía = humor. La salvación, tal vez, del ridículo más espantoso.
En algún momento de la lectura de esta novela, dirigí la mirada al televisor con el volumen a 0 y me encontré con Antonio Tabucchi hablando mudo. Como le estaban subtitulando, pude leer lo que decía: "la memoria nos protege de nosotros mismos". Desde luego. Se diría que Tabucchi estaba leyendo al mismo tiempo que yo esta novela tan triste y tan divertida, tan rocambolesca y tan creíble, tan conmovedora y tan ridícula.
Como la vida misma. Dí que sí.

