martes 30 de marzo de 2010

Réssurection Dublinesque

"L'auteur est mort; la naissance du lecteur doit se payer de la mort de l’auteur"
-Roland Barthes
"Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá"
-San Juan 11:25

Es del todo cierto. Dublinesca, la última novela de Enrique Vila-Matas, cuenta la historia de Samuel Riba, editor culto, literario, recién jubilado, habitante de ese limbo extraño entre el nada que hacer y el no hacer nada, navegante obsesivo por internet, pesaroso de haber cerrado su catálogo (a su vez, su biografía) sin haber encontrado al escritor genial, hikikomori tardío, ex-alcoholico de budista esposa. Todo cierto.

Dublinesca es, también, una celebración en forma de funeral. El funeral por el fin de una época (de Gutenberg a Google, de Joyce a Beckett), un funeral "también por el mundo de los escritores verdaderos y los lectores con talento, por todo lo que se echa en falta hoy en día" (119). "Después de todo," como dice el -a ratos- lúcido Riba, "la vida es un ameno y grave recorrido por los más diversos funerales" (170). El apocalipsis, pues, una vez más, ese que "ha estado siempre, en todas las épocas" (120). Con la intención de celebrar ese funeral, Riba decide dar el salto inglés y trasladarse con un grupo de amigos a Dublín, donde parodiarán -homenajearán- al también -a ratos- lúcido Leopold Bloom y su periplo por el Episodio 6 del Ulises de Joyce.
 
"-What time is the funeral?
-Eleven, I think, he answered. I didn't see the paper" (James Joyce, Ulysses)

Como "nada importante se hizo sin entusiasmo" (55), Riba se prepara a fondo para el funeral. Tan a fondo, sí, que sus días previos al viaje estarán marcados por "Dublinesca", un poema de Philip Larkin sobre el entierro de una prostituta que el -a ratos- lúcido Riba asocia libremente con otra "gran vieja puta", la literatura (249). Porque, hipócritas lectores, no nos engañemos, la literatura ha muerto como consecución lógica -lúcida, a ratos- de la muerte del autor (Roland Barthes, 1968). El apocalipsis, pues, una vez más.

"Devil in that picture of sinner's death showing him a woman" (James Joyce, Ulysses)

Pero tenemos un problema. Como cuenta el -a ratos- lúcido Riba, "el mundo es muy aburrido o, lo que es lo mismo, lo que sucede en él carece de interés si no lo cuenta un buen escritor" (102). Y, tal vez por eso, le sucede a Riba lo mismo que a Leopold Bloom tras el funeral del borracho Dignam (Episodio 6, Ulises): que no hace más que conjurar fantasmas (¿de escritores?), y eso a pesar de que "no quisiera ser escrito por nadie" (196, cursiva en el original). Hacia el final de la segunda parte de Dublinesca ("Junio"), esta lectora hipócrita estaba aplaudiendo mentalmente la súbita presencia del escritor (resucitado): "imagina [Riba] que el joven principiante le ha elegido a él como personaje y cobayo de sus experiementos, como personaje de una novela en torno a la vida real sin estridencias, aunque algo desesperada, de un pobre viejo editor retirado" (238). Ignoramos, por el momento, si este amateur (auteur) que escribe la historia del cobayo Riba sin estridencias luce, como el misterioso (des)aparecido del episodio 6 de Ulysses (¿es Joyce?), una gabardina.

"Now who is that lankylooking galoot over there in the macintosh? Now who is he I'd like to know? Now I'd give a trifle to know who he is. Always someone turns up you never dreamt of" (James Joyce, Ulysses) 

Así es la realidad del apocalipsis, de la muerte y funeral de la "gran vieja puta": "alguien, quizá imprescindible, ya no está" (288) y lo que sucede en el mundo carece de interés sin el buen escritor que lo cuente y el lector con talento que lo descubra. Tras la muerte y el entierro, pues, se imponen la resurrección y la vida porque "se puede," según el -a ratos- lúcido Riba, nacer en la muerte" (287).

"Mr Kernan said with solemnity: -I am the resurrection and the life. That touches a man's inmost heart" (James Joyce, Ulysses).

Así, Dublinesca es, también, la historia de una resurreccion: la del autor, la del lector y la de la "gran vieja puta", sí, uno a uno van diciendole al -ya no tan lúcido, pero ¿importa?- Riba: "somos nosotros, estamos aquí" (325). Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mi, aunque esté muerto, vivirá. Como en ese poema de Philip Larkin. ¿Dublinesca? No, ese no. El otro, el que aparece al final de la tercera parte, cuando esta lectora hipócrita estaba aplaudiendo mentalmente el triple salto mortal, "dejandose llevar por la celebración del instante, por la ilusión de por fin estar en otro lugar" (325, cursiva en el original).

"Lonely in Ireland, since it was not home
Strangeness made sense" (Philip Larkin, "The Importance of Elsewhere")

Por fin. Dar el gran salto al otro lado, estar en ese otro lugar en el que es posible la resurreccion del autor, del lector, de la literatura. Somos nosotros, estamos aquí. En ese otro lugar en el que "siempre aparece alguien que no te esperas para nada" (325) como, por ejemplo, este Enrique Vila-Matas reinventado, resucitado y lúcido.

 
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