Me gustó mucho ir a los cines Aribau. Me gustó llegar y ver que había cola y quedarnos en una esquina como si la cola no fuese con nosotros. Intentar entrar desatendiendo esa cola casi europea de gente que había ido, como nosotros, a ver el documental sobre el espectáculo "1, 2, 3,..." del grupo Standstill. Tener que hacer la cola, después de todo. Me gustó. Me gustó entrar en la sala de los cines Aribau y ver que estaba bastante llena, a pesar de que yo había pensado que a poca gente le interesaría ver ese documental. Pero la gente siempre acaba por sorprenderme. Eso también me gusta. Aunque a veces la sorpresa sea ingrata (que no fue el caso de ayer).
1.-
Standstill es un grupo raro. Por eso tocan en sitios raros. Y llevan un espectáculo raro. Raro es bueno. Bueno es que todo tiene una especie de pátina bonita de cuento, con el batería del grupo marcándole el caminito a los espectadores con un farolillo encendido, en silencio. Por aquí, por aquí es el caminito. Como Hansel y sus migas de pan. El batería de Standstill y su farolillo que marca por donde.
2.-
Nada de escenarios ni de cuartas paredes. Nada. Cada uno se coloca en un sitio estratégico en medio del público y a tocar. Y las caras del público son también de cuento, claro. Son las caras que ponen los niños cuando les cuentas un cuento y te dicen que sí, claro, es normal que el Lobo hable y es normal que el sapo se transforme en príncipe. Esa suspensión momentánea de la dinámica por la que se rige la realidad y que queda colonizada por las reglas que ha impuesto el cuento. Es normal y mágico a la vez, claro, que este chico no esté en un escenario, sino que se siente en esta sillita roja con su guitarra y si yo estiro el brazo le tocaré la barba. Es normal.
y 3.-
Quiero que el documental sobre el espectáculo "1,2,3,..." gane esta edición del Beefeater In-Edit. Y eso porque creo en los cuentos y la mágia y la suspensión momentánea de la dinámica por la que se rige la realidad. Y creo en la gente que cree que la ilusión por hacer algo nuevo nos salvará del tedio y la mediocridad. Y la mañana ya llegó, hoy puede ser un gran día. Y gracias por venir.
Y Vivalaguerra.
miércoles 4 de noviembre de 2009
(Im)Mobil(e)
lunes 2 de noviembre de 2009
Vif!
Este blog sigue vivo.
La autora de este blog se plantea si seguir con su serie "Parisièn(ne)".
(El siguiente capítulo -"Part IV"- estaría dedicado a Alice B. Toklas).
¿Sí?
...
¿No?
...
Sí. Es posible. Sí. O tal vez no. Tal vez escribir sobre esa novela sorprendente que acabé de leer la semana pasada. The Death of Bunny Munro, por Nick Cave. O escribir, tal vez, ¿por qué no? sobre la colección de cuentos escritos por A.S. Byatt que estoy leyendo ahora mismo. Es más, sí, escribir sobre una novela de Perec que aún no he leído y ya ha cambiado mi vida.
¿Sí?
...
¿No?
...
Sí.
Es posible.
Sí.
O tal vez no.
lunes 28 de septiembre de 2009
Parisièn(ne) - Part III
“I wish I had found a better husband ... but as it is, this husband I have got is an inconstant creature; and he will never change, though one day he will suffer for it” –Helena de Troya a Héctor, hermano de Paris, Ilíada, 6, 126.
Estoy en el cementerio Père Lachese de París. Es un día soleado, agradable. Veo a muchos turistas recorriendo los caminitos de piedra que, mapa en mano (el cementerio es una especie de laberinto), buscan la tumba de aquel pintor, cantante o escritor ilustre. Me pregunto si los familiares de la gente común enterrada en Père Lachese se molestan en venir a visitar a sus muertos. Pienso esto frente a la tumba del pintor Amedeo Modigliani (cercana a la de Gertrude Stein).
Alguien ha tenido la delicadeza de dejar un pincel atado a un pequeño lienzo al lado de la tumba de Modigliani; es una ofrenda, un testimonio de lo que significó el pintor en la vida de una persona anónima. Pienso en la vida y la muerte de Amedeo Modigliani, el italiano llegado a París en 1906 que se instaló en el 11bis de la Place Émile Goudeu, sí, el atelier donde Picasso pintaría más tarde las Señoritas de Avignon.
La vida y la muerte de Modigliani grabadas a modo de palimpsesto en su lápida: 12 de julio de 1884 - 24 de enero de 1920. Imagino entonces el cortejo fúnebre ese 24 de enero por las calles de un París helado y solemne, un cortejo fúnebre formado por una curiosa comunidad de artistas, alcohólicos, drogadictos, genios que llorarían la muerte del genio alcohólico, drogadicto, artista. Pero sobre la lápida de Modigliani, en el cementerio de Père Lachaise, en un día soleado y agradable, me llama la atención otro palimpsesto que está justo debajo del primero: Jeanne Hébuterne (6 de abril de 1898 – 25 de enero de 1920).
Jeanne Hébuterne, pienso. Jeanne Hébuterne compañera, amante y musa del artista, Jeanne Hébuterne un 24 de enero de 1920. Jeanne Hébuterne en el apartamento de sus padres, quinto piso en la rue Aymot, distrito V de París. Jeanne Hébuterne en su antigua habitación de niña en la que, imagino, empezó a pintar. Pero ya no es una niña, ahora es una viuda sola, preñada de desesperación y de angustia y de un amor enloquecido por el pintor italiano. El mismo amor, me digo, que la llevó a seguirle casi a ciegas a su miserable taller de Montparnasse en contra de la autoridad paterna. Aún no han enterrado al marido de Jeanne Hébuterne, aún no ha nacido el hijo que está esperando (está en su noveno mes de embarazo). Jeanne Hébuterne, en la desesperación y la angustia, se arroja a la calle Aymot desde la ventana del quinto piso de su habitación de niña viuda.
Todo esto lo pienso lo veo lo imagino lo sé mientras me fijo de nuevo en los turistas recorriendo caminitos de piedra mapa en mano. Alguno de ellos ha dejado un pincel atado a un pequeño lienzo al lado de la tumba de Modigliani, me digo. Es una ofrenda, un testimonio. Decido que cuando vuelva a Barcelona escribiré algo sobre la muerte de Jeanne Hébuterne. Decido que ese texto será mi pincel atado a un pequeño lienzo que dejaré sobre la tumba de Jeanne Hébuterne.
miércoles 23 de septiembre de 2009
Parisièn(ne). Part II.
“No prize is better than a worthy wife” –Theogony, Works and Days, Hesiod, 82.
Número 74 de la calle Cardinal Lemoine.
Tercera planta.
En una esquina.
Llegaron en enero de 1922, marcharon en agosto de 1923.
Ernest Hemingway y su primera esposa, Hadley.
Años más tarde, Hemingway recordaría esa estancia en el parisino número 74 de Cardinal Lemoine, la recordaría y la plasmaría en papel, y diría “así era París en nuestra juventud, cuando éramos muy pobres y muy felices” (París era una fiesta, publicado póstumamente en 1964).
Eran pobres y felices, diría Hemingway, que de vez en cuando bajaría al popular club de baile que había justo debajo de su casa, el popular club de baile llamado Bal au Printemps. Tal vez se tomaría Hemingway un whisky con hielo en vaso corto, invitación del dueño que era ya amigo personal del curioso vecino de arriba. Apostado a la barra, Ernest Hemingway le relataría al dueño del popular club de baile los avances y retrocesos de sus relatos.
Pobres y felices, Hemingway y Hadley.
Y me imagino esas mañanas frías y oscuras del enero parisino, en 1922, cuando Hemingway, ojeroso y malhumorado tomaba un café mudo que había preparado Hadley y ojeroso y malhumorado decidía que ya era hora de irse a la vuelta de la esquina a escribir. A escribir en la buhardilla del humilde hotel donde Paul Verlaine había muerto en 1896. La habitación del artista donde queda el fetiche, el resto de inspiración sublime que Verlaine fue incapaz de llevarse con él a su tumba y que Hemingway andaba buscando, ojeroso. Malhumorado, buscando a la musa cruel que abandona al artista en su penúltimo suspiro.
Y Hadley le dice adiós a Ernest en la puerta de casa, aún con el camisón puesto y la cabeza llena de cuentas, la cabeza llena del dinero disponible para la compra del día. Y aventurarse entonces hacia la Place de la Contrescarpe, el “pozo negro” tal y como le llamaba su marido. Ir a buscar pan, y leche, y mantequilla, y queso, y algo de fruta y poco más, porque la suma mental le ha dicho a Hadley que ya no llega para más. Y trabar amistad con algún comerciante que misericordioso provenga y fíe. Y tal vez pueda pagarle lo fiado el mes que viene, cuando lleguen la musa y la publicación.
Y volver entonces al número 74 de la calle Cardinal Lemoine, Hadley Hemingway, y preparar una cena frugal con lo poco que había conseguido en el humilde y mísero mercado y esperar.
Esperar al ojeroso y malhumorado Hemingway que tal vez ese día no habría sido visitado por la musa cruel y ver si rechazaba la cena frugal para tomar sólo un café mudo. O esperar al radiante y jocoso Hemingway con ganas de fiesta y baile porque tal vez ese día hubiera escrito quince páginas -imagínate mujer- quince páginas del tirón. Un buen día. Un mal día. Otro día más en el número 74 de la calle Cardinal Lemoine, pobres y felices. Hemingway y Hadley.
martes 22 de septiembre de 2009
Parisièn(ne). Part I.
In dreams, a writing tablet signifies a woman, since it receives the imprint of all kinds of letters” –Artemidorus, Oneirocritica 2.45.
El barrio parisino de Montmartre se posa alegre y gracioso encima de una montaña, el Monte del Martirio ("Mont Martre"). Tal vez sea por eso -por la cuesta- que no me resulta extraño llegar a la Place Émile Goudeu con una mezcla de cansancio físico y exaltación emocional. La respiración entrecortada, el corazón pumpumpum.
En el 11bis, según nos indica nuestra guía Lonely Planet, está el llamado Bateau Lavoir, donde a principios del siglo XX vivieron Kees Van Dongen, Max Jacob, Amedeo Modigliani y Pablo Picasso en supuesta extrema pobreza y en lo que era una antigua fábrica de pianos que más tarde se reinventaría en lavandería. Descubrimos que fue aquí, en la fábrica de pianos barra lavandería, donde Picasso pintó las Señoritas de Avignon, allá por el año 1907. Principios del siglo XX en el llamado Bateau Lavoir.
Pienso entonces en la forma femenina, concretamente en las (cubistas) formas femeninas que Picasso plasma en un lienzo y fija para siempre. Pienso -recuerdo- en lo que me contaron en el colegio de este cuadro. Que eran prostitutas, decía el profesor de Historia del Arte. Prostitutas que llegan a la sublimación a través de la mirada y el pincel masculino (¿y masculinista?) de Picasso. Se me dispara entonces el ágil mecanismo que llamo imaginación y las veo entonces, a las cinco prostitutas de Avignon, subiendo la cuesta de Montmartre hasta llegar a la Place Émile Goudeu con una mezcla de cansancio físico y exaltación emocional. La respiración entrecortada, el corazón pumpumpum.
Llamar entonces al 11bis, Bateau Lavoir, antigua fábrica de pianos reinventada más tarde en lavandería, a sabiendas que iban a posar para un pintor que vivía en la extrema pobreza. Desconocedoras, en ese momento, de que entrarían a formar parte de la historia del arte contemporáneo, desconocedoras de que quedarían para siempre fijadas en uno de los lienzos más importantes de la historia del siglo XX. ¿Y Picasso? Picasso desconocedor de todo ello, también, en ese momento de extrema pobreza, al abrirles la puerta y hacerlas pasar al estudio, desconocedor de que se estaba fraguando uno de los momentos más trascendentales de la historia del siglo XX en la Place Émile Goudeu, en la fábrica de pianos que sería más tarde lavandería. O tal vez no. Tal vez el genio no desconoce porque es consciente de su talento y de sus futuras repercusiones desde el momento mismo en el que agarra cuidadoso pincel o pluma por primera vez.
Y me pregunto qué les diría Picasso a las cinco prostitutas de Avignon, y qué le dirían ellas a él, y con qué les pagaría ese posado cubista. Me pregunto si les gustaron los primeros bocetos o si marcharon del estudio riendo a carcajadas, con una felicidad absurda de ver a ese loco que había transformado sus cuerpos redondos en cubos casi perfectos. Menuda invención, se dirían las unas a las otras. Y se aventurarían entonces hacia Pigalle, riendo a carcajadas, buscando un local abierto donde tomarse unos vinos antes de tomar el tren de vuelta a Avignon, las Señoritas.
“
viernes 11 de septiembre de 2009
Absent(e)
Sí, ando un poco ausente estos días. Pero todo tiene una explicación (o varias). Escoged la que queráis:
1.- Tener mucho mucho mucho trabajo.
2.- Formar parte de un grupo de rock.
3.- Vivir la vida como un cabaret.
4.- Visitar la casa de mis amigas.
5.- Visitar a otras amigas.
6.- ... Y a amigos.
viernes 21 de agosto de 2009
Folie
"Le véritable vertige, c'est l'absence de la folie"
-Emil M. Cioran
El calor que hace en mi Barcelona querida es insoportable. Tan insoportable que a veces a una le parece que los pensamientos se le derriten antes de tomar forma definitiva.
Por eso cuando le doy a "Abrir Documento" e intento reconstruir un ensayo al que le faltan 500 palabras (según los singulares parámetros de la editora de la revista que lo recibió) me da por pensar que lo único que voy a producir van a ser frases a medias. Frases del tipo: "This is probably one of the reasons for..." o "Here is a fine example of...". Porque mi pensamiento se derrite antes de tomar forma definitiva, como aquel helado que compré hace unos días (Häagen Dasz, Chocolate Belga), aquel helado que coloqué en un cuenco con la ilusión de quien va a comerse un helado en un cuenco. Un cuenco armado con cuchara sopera que fue a reposar sobre la encimera de mi cocina mientras yo me atareaba en algún quehacer doméstico. Para cuando me acordé del cuenco y acudí a su rescate, el helado era un batido y la cuchara sopera se había hundido en un mar de chocolate belga.
Igual, igualito que mis pensamientos. 500 palabras. No puedo juntar una sola frase coherente, ni una que no naufrague ociosa en el mar denso que es mi pensamiento.
Por eso decido que lo mejor será que piensen otros por mi.
Me acomodo en el sofá y me leo de un tirón una novela corta bellísima sobre el amor que duele y alivia. Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta, "diplomático de carrera" según la solapa de la edición de Acantilado.
Es una recomendación (apasionada) de J, que además me dice que tengo que dosificar y leer una sección de la novela cada día (para que dure más). Como tengo ese problema veraniego del pensamiento líquido, no me doy cuenta de que de la sección I paso a la II y a la III. O me doy cuenta y hago como que no me doy cuenta, porque cuando algo me gusta mucho lo quiero todo y ahora mismo. O me doy cuenta pero Julián Ayesta no me deja soltar su novela de 87 páginas porque la escribió con una prosa envolvente y enajenada que me hace olvidar el vértigo de calor insoportable y denso al que Agosto está sometiendo a mi Barcelona querida:
"...y luego echarse a llorar de una manera distinta, muy triste, que llenaba de una cosa que no era pena, pero que no era alegría tampoco, una cosa rara que daba ganas de llorar muy suavemente, en algún lugar apartado, donde nadie me oyera llorar, llorar toda la vida, muy contento de estar llorando siempre" (Helena o el mar del verano, pp. 25-26).
viernes 14 de agosto de 2009
Loop
Martes, 11 de agosto de 2009
22.00h. Sorprendentemente, no llegamos tarde. Al final hemos cogido un taxi, que se para en la puerta del bar Elèctric del barrio de Gràcia de Barcelona a la hora prevista. Le doy al clic de la Blackberry mientras J. hace el pino sin pared delante de la puerta del bar. Noto que tengo una mezcla de curiosidad y excitación. Por primera vez, vamos a ver el show Loopoético de Jean Martin du Bruit y El Anónimo Toledano. Cha cháaaaan.
22.15h. De camino hacia la parte de atrás del Elèctric, donde está el escenario, nos encontramos con Jordi Corominas en pleno proceso de conversión a Jean Martin du Bruit. Máscara a medio colocar, besos y nervios, abrazos y regocijo general, traje morado, más nervios. Han ampliado el show (añaden dos partes), tocarán pianos y panderetas, presentarán a un nuevo miembro, ... no sé más. Curiosidad y excitación en el ambiente.
22.40h. El chico que se encarga de cortar las entradas abre la pesada cortina gris mientras nos pone un sello en la muñeca y nos recuerda que dentro de la sala no se puede fumar. Intento un rápido barrido ocular para saber qué tipo de público asiste a los shows Loopoéticos de JMdB y EAT. Imposible. El show ya ha empezado: veo un Mac sobre una mesa tras el que se parapeta EAT, veo globos de colores, veo un piano, veo a JMdB recitando. Nos sentamos en el suelo. Primera fila.
Siguientes 45 minutos. La máscara blanca que no dice pero dice, los globos de colores que van flotando (y explotando) por la sala, el traje morado, el Mac que lanza extractos de canciones y mensajes, un pony de goma que nos mira con ojos vacíos, Paul McCartney, un cuaderno en el que se escriben poemas inmediatos, Audrey Hepburn, los mantras ("Yo soy Isabel la Católica"), la bailarina que se ha escapado de la cajita de música, la lluvia de gominolas sobre el público, Lady Di, las "Nocheviejas del patriarca", las risas, el asombro, la felicidad, el caos.
02.30h.
Bajamos por una calle desierta.
Taxi dirección Raval.
Ha habido Loopoesía esta noche.
Habrá más Loopoesía. Más noches.
Seremos Isabel la Católica.
jueves 6 de agosto de 2009
Jolie
La semana pasada cometí la imprudencia de leer Derrumbe, de Ricardo Menéndez Salmón (2008). Mientras leía las mil y una distintas formas en las que alguien puede asesinar a otro alguien (y después las mil y una perrerías que alguien puede ejercer sobre el cadáver de otro alguien) yo hacía como si nada. O casi como si nada. Mi proceso mental era similar a:
1.- "Joder".
2.- "Qué asco".
3.- "Ya le vale".
4.- "Ay, mira, YA".
Y seguía leyendo. Porque no soy una bienpensante, y porque tenía la secreta esperanza de que llegaría un momento en la progresión narrativa en que todo haría clic. Siempre debe de haber un momento en toda novela en que todo hace clic. Por eso creo en la literatura (y no en la realidad, que no suele hacer clic, sino todo lo contrario). La cuestión es que el momento no llegó. Y, a pesar de que reconozco que Menéndez Salmón escribe bien, la historia se me fue derrumbando poco poco. Hasta que no quedó nada.
Desde que leí esa novela no hago más que recordar una absurda imagen de mi infancia. Tengo nueve años, he salido de Barcelona para visitar una granja de animales. Animales tipo galllinas y conejos. Se supone que para los pequeños urbanitas, esto será un ritual necesario, que fortificará nuestro carácter y nos hará aprender cosas importantes tipo "las manzanas no crecen en los supermercados". En fin. Estoy delante de una jaula en la que un conejo hembra acaba de tener una camada (¿se dice camada cuando son conejos? ni idea). Los niños se arremolinan para tener una visión de primera mano de esas pequeñas, asquerosas, traslúcidas criaturas ciegas y, probablemente, blandas. Los niños se agolpan, sí, chillan de pura emoción (conejos en vivo y en directo: lo más). El conejo hembra es enorme. De repente, un niño grita por encima de los demás: "Se los está comiendo". "Noooo," dice alguien adulto, "los está limpiando, no lo ves?". "No, no, no". Ahora ya es irremediable. Todos los niños chillan, aúllan, berrean. Se ha mezclado la emoción de ver conejos en vivo y en directo con el horror de comprobar que el conejo enorme no está limpiando las crías. Se los está comiendo. Los adultos intentan apartar a los niños de la jaula y censurar así la visión total, la visión real que les dará la clave para entender todo: la naturaleza da mucho asco.
No soy un bienpensante, no, no creo en la corrección política. Pero quiero deseo necesito cosas bonitas. Estoy en contra de los conejos que se comen a sus crías. Así que tras la lectura de Derrumbe, decido que quiero deseo necesito ponerme mi bikini blanco, arrancar a J. de sus cometidos literarios, preparar emparedados, y bajar a la playa.
En la playa me veo reflejada en mis maxigafas que J. lleva puestas. Creo que compré esas gafas en un mercadillo de Londres. O tal vez eran otras. No puedo acabar de decidir qué gafas compré dónde; unos metros más allá una familia con sombrilla, nevera portátil y sobrepeso vocifera para decidir qué harán mañana. Vuelvo a acordarme del conejo que se come a sus crías y que ahora resulta que me ha seguido hasta la playa. Quiero deseo necesito cosas bonitas. Echada sobre la toalla, hago un inventario:
la playa
mi bikini blanco
J. con mis maxigafas
manzanas que crecen en supermercados
novelas que hacen clic
cosas bonitas







